La chonificación de los medios: cuando la tele se convierte en un Sálvame jurídico

La televisión en abierto ya no es un medio de comunicación: es un circo, pero con menos gracia y más victimismo. Donde antes había debate serio, ahora hay chonificación; un desfile de personajes que parecen sacados de un casting de “Gran Hermano edición LinkedIn”. El último episodio lo tenemos con el caso de Julieta: influencer de chándal con startup de seguridad (porque si no tienes startup, ¿realmente existes?), que ha decidido usar un plató como pasarela publicitaria después de que le plantaran un beso no deseado en plena calle.

Hasta aquí, todo bien. El problema empieza cuando su invento supuestamente revolucionario, ese gadget mágico que te iba a salvar de todo mal (básicamente un auto-silbato), no le sirvió absolutamente para nada en el momento clave. Y claro, como en marketing la primera regla es “si no puedes vender el producto, véndete a ti misma”, Julieta se recicló en víctima mediática.

Pero lo jugoso de este show no es la historia en sí, sino el tratamiento televisivo: titulares gritones, rótulos como si fueran memes de WhatsApp (“ATACADA POR NO DECIR LA NACIONALIDAD DE SU AGRESOR”), el presentador poniendo cara de “me pagan por escuchar esto”, y la inevitable “doctora en derecho” que entra a intentar rescatar la lógica entre tanto barro. Spoiler: no lo consigue.

Lo mejor es la dialéctica mágica que hemos normalizado: si el 13% de la población de España (inmigrante) comete el 44% de los delitos, la conclusión no es que haya un problema de integración o de política migratoria, no… la conclusión es que “no significa nada, y las calles son más seguras con el aumento migratorio”. Que claro, si mañana el 1% de la gente se come el 99% de las hamburguesas, tampoco pasa nada: será que son más “visibles”.

La guinda la pone la estética: cascos gamer de Aliexpress, expresiones de indignación sobreactuada y un set televisivo que parece diseñado por el mismo que hace los grafismos de “First Dates”. La chonificación de los medios no solo es un hecho, es el nuevo estándar: dramas simplificados en titulares para que la audiencia medio dormida crea que está informada, cuando en realidad lo único que hacen es consumir reality show empaquetado en formato de “debate social”.

El resultado: tenemos programas donde el rigor importa menos que el número de retuits. Donde ser víctima otorga más credibilidad que los datos. Donde la narrativa emocional vale más que la estadística. Y donde, en definitiva, el espectáculo es el producto, no la noticia.

Quizá algún día recordemos que la tele servía para informar. Mientras tanto, disfrutemos del nuevo prime time: la tertulia choni 3.0.